Ilustración: Casco.

PRIMER LUGAR

Pan con mantequilla

Desierto y mar entre pecho y espalda. Auto en pana. Sin señal. 17:21. De Tocopilla a Antofagasta. Las nubes están bajitas y rozan los cerros. Comer pan con mantequilla y mantener la calma. Esperar el auxilio. No hay otra opción.

Benigna Zambrano Pérez, 35 años, Antofagasta.

Ilustración: Casco.

TALENTO BREVE

La selva antofagastina

Bastó solo una sesión de buceo en la Isla Santa María para descubrir algo asombroso: Antofagasta siempre tuvo bosques.

Marco Champin Catalán, 31 años, Antofagasta.

Ilustración: Mariela Paz Moyano.

TALENTO MAYOR

La plancha de mi abuela

La plancha de mi abuela era un armatoste de fierro que funcionaba con carbón de espino. De niño imaginaba que era un buque a vapor, cuyo mango de madera era el puente de control, que mi abuela comandaba, navegando por los mares imaginarios que brotaban de mi mente infantil. Cuando ella abría la puertecilla de la plancha para echar más carbón vestido de rojo ardiente, salía un humo blanco que inundaba el aire y que para mí era la chimenea de aquel buque que vomitaba esa humareda para volver a surcar aquellos océanos fantasiosos que se secaron con el tiempo.

Manuel González Cristi, 73 años, Antofagasta.

Ilustración: Lino.

PREMIO AL TALENTO JOVEN

El foco de luz

Sentía un aura pesada alrededor mío. Era un ambiente oscuro y gélido, escuchaba gritos. A lo lejos podía divisar un pequeño foco de luz que, cuanto más me acercaba, más grande se hacía. A diez metros se escuchaba una ambulancia bastante lejana, a los cinco metros el piso estaba lleno de cera de velas, y a los dos metros sentí que me tocaban el hombro por detrás; me giré y por un destello de luz volvió todo a la normalidad. Escuché a mi abuela pidiéndome que le pase el encendedor para prenderle una vela a Evaristo Montt.

Javiera Erices Zambra, 14 años, Antofagasta.

Ilustración: Hernán Plaza Johnston.

PREMIO AL TALENTO INFANTIL

El primer Eliseo Vásquez

Mi papá contaba que el primer Eliseo Vásquez navegaba por las costas de Antofagasta de día y de noche sin parar. Para él todo era maravilloso en el agua. Un día tomé mi mochila y revisé si tenía lo que necesitaba para mi aventura: ropa, sombrero, bloqueador y comida. ¡Tenía todo para viajar! Le pedí cartulina, tijeras y un lápiz a mi mamá y empecé mi trabajo: unos dobleces por aquí, otros por allá y ¡listo!: mi barco de papel. Me subí con mi mochila y empecé a navegar con mi tatarabuelo por siempre en las hermosas costas de Antofagasta.

Sofía Vásquez Pérez, 9 años, Antofagasta.

Ilustración: Casco.

MENCIÓN HONROSA

Completo y arepa

Como invisible con mis audífonos y el rock que me envuelve al caminar, recorro las calles céntricas de mi ciudad. Me detengo en cada esquina, tratando de encontrar un lugar amigable donde servirme un completo y una Pap. Con poco éxito y con un hambre que no puede más, me convenzo de que me fue mal y sin ganas me siento en una de las muchas cocinerías al pasar. Me quito los audífonos tímidamente, y de inmediato una buena salsa caleña junto a una gran arepa me hacen olvidar aquel completo, el rock y la Pap.

Luis Alegría González, 47 años, Antofagasta.

Ilustración: Mariela Paz Moyano.

MENCIÓN HONROSA

Sigue la huella

Cuando sientas que los enanos se te arrancan pa’l cerro, corre con ellos pero en dirección al Mercado Central. Recuerda que Alicia persiguió al conejo blanco y tuvo mambo hasta que despertó. Invéntate una cita con un gato y degusten juntos una paila marina, una chorrillana o una reineta frita con agregado. Procura que el felino no sea de naturaleza silvestre, cósmica o de sonrisa eterna. Nada de plagios. Las interpelaciones no están hechas para locos antofagastinos nivel Dios.

Marcela Figueroa Gatica, 51 años, Antofagasta.

Ilustración: Hombre Hada.

MENCIÓN HONROSA

El sapolio

Corría 1964 y en la población La Favorecedora un hombre menudo, chascón, de greñas hirsutas, de vestimenta rasgada y haraposa, de presencia intimidatoria, subía a diario por calle General Borgoño, llevando un saco de arpillera al hombro y gritando a voz en cuello: «¡Sapolio! ¡Sapolio! ¡Vendo sapolio!». Algunas mujeres temerosas le compraban, mientras los más pequeños huíamos despavoridos. La cocina y las ollas de los pobres se pulían con ese ceniciento polvo sin refinar extraído del mar. Durante años el hombre de figura escuálida, oscura y atemorizadora realizaba el mismo recorrido y se perdía lentamente en dirección a los arenales.

María Eugenia Ramírez Gall, 63 años, Antofagasta.